15 de abril de 2024

“No puede haber salida al conflicto dejando solos a quienes han pagado los costos por esta lucha”

  Conversamos con Pedro Cayuqueo, periodista y escritor mapuche, a partir de la presentación en Argentina de su último libro: Arauco tiene una pena. Una mirada sobre la actualidad del territorio ancestral mapuche a ambos lados de la cordillera, y un análisis desde un escepticismo optimista que construye futuros interculturales. Por Matías Rodríguez, para ANRed.…

 

Conversamos con Pedro Cayuqueo, periodista y escritor mapuche, a partir de la presentación en Argentina de su último libro: Arauco tiene una pena. Una mirada sobre la actualidad del territorio ancestral mapuche a ambos lados de la cordillera, y un análisis desde un escepticismo optimista que construye futuros interculturales. Por Matías Rodríguez, para ANRed.

 

 

-“Arauco tiene una pena” es un libro de crónicas que llegó a las librerías en Ngulumapu (Chile) en el mes de diciembre, y que desde el título es una remembranza de ese gran poema canción de Violeta Parra de los años 60, en donde ella da cuenta de esa historia triste que tiene la república de Chile con su principal pueblo originario, los mapuche, de esa deuda pendiente que tiene Chile. Y que, Violeta cantaba, nadie le ha puesto remedio, pudiéndolo remediar. Y eso sigue tal cual en Chile hasta el día de hoy. Hasta el día de hoy, arauco sigue teniendo una pena.

Y esa pena, siento yo, es el racismo cultural tan presente en Chile, es esta mirada de los territorios indígenas como cantera de recursos naturales que es propia de economías extractivistas, y Chile es una de ellas… de gobiernos de izquierda, centro y derecha que hacen campañas con poesía pero después gobiernan con guiones de terror. Y nosotros lo estamos viviendo actualmente incluso con un gobierno de izquierda. Entonces, el título del libro es un homenaje a Violeta y su amor por el pueblo mapuche, pero también es decir que la deuda pendiente y pena de arauco sigue tal cual hace 60 años. Porque los textos que se incluyen en el libro, que son textos periodísticos (crónicas, entrevistas, reportajes) de los últimos dos, tres años, dan cuenta de que hay una deuda pendiente y una pena centenaria.

 

-Vos contás que son estos textos que estás compartiendo ahora, son como algunos de los mejores textos publicados en estos últimos tres años, que han sido tres años de un montón de cosas, ¿no? Me parece que en ese trabajo que vos te tomás de seleccionar, volver sobre los textos, etcétera, también te permite tener una mirada sobre ese todo que estuvo pasando. ¿Y qué mirada te ha permitido armar este libro?

 

A ver, yo lo digo en el prólogo del libro. Yo creo que no fue fácil seleccionar los textos, porque la realidad chilena los de los últimos tres, cuatro años ha sido muy loca. Ha sido de extremos. De un estallido social que no sucedía en Chile hace muchas décadas. Un estallido social como el que hubo en el 2019; de un proceso constituyente que se inició con un 80% de aprobación ciudadana, de dejar atrás la constitución de Pinochet y dotarnos de una carta democrática; luego de una Convención que tuvo un protagonismo fascinante de movimientos sociales, sectores populares, pueblos originarios, que contó con la presidencia de una mujer indígena -Elisa Loncón, destacada académica-, que tuvo los símbolos indígenas como protagonistas también en lo simbólico, y vivir ese año de Convención donde se elaboró una constitución que era la más vanguardista del mundo en temas indígenas, en temas de apariencia de género, en temas medioambientales, en fin; y luego el aterrizaje forzoso con la realidad, que en un plebiscito de salida se invierte en la polaridad de los votos y un 70%, 60% dice que no. Y luego pasamos a un nuevo proceso constituyente, con un consejo dominado por la ultraderecha, con una propuesta de constitución que era totalmente regresiva en derechos, de conservadora, que mezclaba política con moralidad religiosa, que era donde los pueblos originarios estábamos reducidos a una mínima expresión, marginal expresión. Y con un nuevo plebiscito de salida donde estábamos todos con el alma en un hilo porque decíamos: “no puede ser, esto es una pesadilla, no puede ser que pasemos de lo que pasó en lo que pasó en 2019, 2020, 2021, ahora a una constitución que va a ser peor que la de Pinochet”. Era una locura lo que estaba pasando. Y por suerte, o quizás no por suerte, sino porque se hizo el trabajo necesario, la ciudadanía sabiamente también votó en contra del proyecto de la ultraderecha. Y nos dimos una gran vuelta y llegamos al punto inicial. Nos dimos una gran vuelta de cuatro años en donde hemos llegado al punto inicial en donde tuvimos que votar a favor de la constitución de Pinochet para que se mantuviera. Que es verdad que es la constitución del ’80, pero también es verdad que sufrió en los últimos 30 años una gran cantidad de reformas. Pero era un lindo sueño cambiarla, era un lindo sueño que Chile tuviera por primera vez en su historia, en 200 años de vida republicana, una constitución que hubiera sido elaborada por un consejo constituyente, por una asamblea constituyente. Eso nunca pasó en Chile. En Chile las constituciones se han hecho por comités de expertos, que es un grupito de juristas conservadores la mayoría de las veces, o por milicos. Esta iba a ser la primera vez que Chile se iba a dotar de una carta fundamental del proceso democrático. Y fracasó. Ahora, en el momento constituyente, podríamos decir que pasó. En Chile no hay ni agua en la piscina política, ni tampoco en la ciudadanía. Más bien hay un agotamiento, un fiasco con lo que se vivió.

Yo al respecto no soy derrotista ni pesimista. Yo soy un escéptico optimista. Yo creo que lo que vivimos en 2019 con el estallido social, lo que vivimos con la primera convención, con este florecimiento de los temas indígenas, que son los que a mí me ocupan mi tiempo, yo creo que son como las contracciones de un Chile que está por nacer. Y ese Chile que está por nacer es el Chile del cambio cultural que lideran las nuevas generaciones. No hay que ver esto que sucedió como un fracaso. Tampoco puede serlo, porque todo proceso social deja aprendizaje. Y la cantidad de cabildos que se hicieron son maravillosas; surgieron cabildos por todos lados, la gente se reunía en las plazas, en los centros, en los sindicatos. En un Chile tan neoliberal, que se diera esta especie de fiesta constituyente de cuatro años, yo siento que valió la pena. La resaca valió la pena.

 

-Ese protagonismo de lo indígena en todo ese proceso, que estuvo en la constituyente pero también estaba en la Plaza Dignidad, estaba en la calle, ¿cómo repercutió en los territorios? Pienso en la continuidad de las políticas de militarización de los territorios indígenas, la situación de la prisión política incluso de líderes como el peñi Héctor Llaitul de la CAM… ¿cómo se ve eso desde los territorios?

 

Uno podría decir que hay sectores del mundo mapuche que hace rato ya no creen en el estado, y tienen razones para no creer, les sobran razones para no creerle al estado, ni a la intencionalidad, ni a los políticos, ni a la clase profesional que nos gobierna; y esos sectores miraban con escepticismo este proceso, al punto que no participaron ni tampoco le interesaba hacerlo. Esos sectores están apostando más bien por la reconstrucción del mundo mapuche a nivel, digamos, de los hechos: de la recuperación territorial, de la recuperación del kimun mapuche, de una forma de ser mapuche en un ámbito rural digamos; que es un camino y que ellos lo están asumiendo hace ya harto tiempo. En esas expresiones del mundo mapuche que son antisistémicas por así llamarle o que están contra el estado, esto que sucedió más bien según ellos era la crónica de una muerte anunciada. Ellos nunca creyeron en el proceso y el tiempo les dio les dio justamente también la razón.

Pero el mundo mapuche es muy diverso también y hay sectores también que creyeron en el proceso, participaron activamente, incidieron en él y yo siento que hicieron un gran trabajo. Los constituyentes indígenas, por ejemplo, que hicieron tan buen trabajo que los temas indígenas quedaron en todos los capítulos de la constitución, porque además eran muy buenas las propuestas que traían los convencionales indígenas. Hubieron dirigentes destacados ahí participando, asesores también mapuches del mundo la academia que estuvieron ahí. Los indígenas demostraron una capacidad articulación y de lobby al interior de la convención que yo la encuentro muy destacada. Lograron poner sus temas en el primer texto, que se instaló quizás con demasiado entusiasmo y con demasiada éxito, porque fue muy fácil para la derecha conservadora después tocar la tecla del nacionalismo, tocar la tecla del racismo, para que aflorara todo ese Chile blanco que está contra los indios y que le teme a los mapuches para votar en contra de esa propuesta. Entonces, en el mundo mapuche en particular hubo sectores que participaron activamente, que votaron incluso en la elección de escaños reservados -que era una elección diferenciada- y votó mucha gente, y está también el mundo de la lucha directa, que se restaron y se van a seguir restando en la medida de que el de que el estado no establezca un proceso de diálogo político y de la negociación política serio con ese mundo, que lo está demandando hace mucho tiempo.

Hay una caricatura muy instalada de que los sectores radicales no quieren dialogar, no quieren conversar. Y eso es falso. Yo he entrevistado a gran parte de los liderazgos mapuches más duros que hay -entre ellos el peñi Llaitul, que lo he entrevistado varias veces- y el mundo radical tiene demandas, tiene petitorios, tiene planteamientos. Lo que el mundo radical tiene claro también es que no va a conversar con cualquier persona y sobre cualquier tema. Ellos quieren conversar sobre territorio, autogobierno, autonomía; quieren conversar sobre el fin de la industria extractiva; quieren conversar sobre el control territorial; que son temas por lo demás que existen en muchas partes del mundo a nivel indígena. Citemos el caso más extremo: Estados Unidos. En Estados Unidos las tribus tienen un autogobierno que es casi de nación a nación con Washington. Se relacionan de nación a nación con amplísimas facultades. Sn territorios semisoberanos. En lo único que Estados Unidos no más interfiere a nivel de las tribus norteamericanas es en defensa exterior: las tribus no pueden tener ejército, digamos, para guerra en el extranjero.

Pero en el caso chileno los grupos radicales mapuche tienen petitorios, tienen planteamientos, tienen demandas, y en un proceso de negociación y de acuerdo político, que yo le llamo un proceso de paz, debieran estar esos temas en la mesa para conversar. Entonces la caricatura de que son violentos, terroristas, no quieren dialogar, es falsa y cualquier periodista serio te lo diría. Es falso que no quieren dialogar. ¡Si cada vez que se quema un camión hay un petitorio! Cada camión quemado va acompañado de un comunicado que tiene el punto 1, 2, 3, 4, 5… a veces son por los presos, a veces son por los juicios, a veces son por no sé, por demanda de tierra… Bueno esa voluntad política de los gobiernos de conversar con el mundo mapuche más radical no existe, no está. Y esa es la razón del conflicto. Si hubiera un gobierno, como este que lo prometió, que prometió diálogo político, que prometió un trato distinto y finalmente no lo cumplió por ningún lado; si hubiera un gobierno maduro, un gobierno experimentado que quisiera abordar el tema seriamente podría haber una solución. Pero hasta ahora no hemos tenido eso y yo creo que no va a haberlo en un buen tiempo, porque está la amenaza además ahora en Chile de dar el paso al vacío con la ultraderecha; que es una amenaza que, considerando Argentina, considerando Estados Unidos, considerando otras otras elecciones que han habido, es un paso que no es tan improbable.

Ahora, con la regresión que están teniendo en la Argentina hacia autoridades provinciales y autoridades nacionales que son del peor fascismo que se ha conocido, se vienen escenarios complejos a futuro. Sí, yo creo que tú usaste una palabra que es clave en esto. Tú dijiste “escenificación”, y siempre los diálogos por parte de la autoridad no dejan de ser puestas en escena, siempre, puestas en escena que son a veces para bajar la intensidad de un momento conflictivo, a veces para dar cuenta de cierto resguardo frente a posibles sanciones internacionales, la Corte Interamericana, derechos humanos, etcétera, para dar una especie de mirada hacia afuera más de respeto a los derechos indígenas, en fin… pero siempre son puestas en escena que son que son falsas y que van generando un escepticismo tremendo, más frente a una sociedad indígena en el cual la palabra tiene un poder tremendo y donde los acuerdos se respetan y donde tú conversas muchas veces las cosas no solamente desde un pragmatismo político, también lo haces desde el piuke, del corazón, desde tu espíritu estás sentado en una mesa; y tú no solamente pones capital político al sentarte ahí, también estás poniendo ahí los sentires de una comunidad, un territorio. Entonces yo siento que todo ese tipo de tomaduras de pelo por así decirlo de las autoridades van minando los caminos de encuentro futuro y eso es tremendo.

De repente quizás, el trabajo menos heroico y menos romántico, y que tiene menos luces, es: si la clase política no está preparada para esto, no está preparada para esos diálogos como debieran ser, que debieran ser a la usanza de los parlamentos, de los parlamentos antiguos, del hacer nutram (conversación) con las autoridades y llegar a algún entendimiento; yo creo que si no estaba preparada la clase política transversalmente de izquierda a derecha para eso, nos queda el camino largo, que es el camino de la pedagogía intercultural a la sociedad chilena y argentina, que en el fondo es apostar a que, si este árbol ya no da fruta, preocupémonos de los brotes que vienen, y a ellos entreguémosle una buena agua, un buen abono para que cuando crezca dé la fruta que estamos esperando.

Porque está difícil con la clase política que tenemos en ambas repúblicas. Está difícil el tema, la clase política es ignorante de los temas indígenas, es sumamente ignorante del tema indígena; yo escucho a veces opiniones en Chile que son vergonzosas, de políticos que son senadores, diputados, ministros que han salido de las mejores escuelas privadas de Chile y que su conocimiento del tema indígena es cero; y he escuchado también aquí en Argentina debates que se han dado en los temas indígenas que uno dice… el nivel de ignorancia no puede ser real: lo que pasó en Mendoza el año pasado con esta idea de eliminar por decreto a los mapuches como habitantes de un territorio, acusándolos de ser invasores chilenos, eso es de una ignorancia total respecto a la propia historia de la provincia de Mendoza y lo mismo acá con diputados chubutenses de sectores más bien de derecha provincial diciendo barbaridades respecto de la lucha de las comunidades o diciendo barbaridades respecto de la leyenda negra de los mapuches exterminadores de Tehuelche que son especies de a esta altura ya ridículas de forma de argumentar el tema.

Bueno, desde el mundo de la cultura y de las artes al menos se está trabajando en esa pedagogía hacia la sociedad con la esperanza de que futuras clases políticas, futuras clases gremiales o empresariales puedan tener más herramientas para que estos temas que son de compleja solución pero que se pueden solucionar se encaminen hacia una salida democrática y política.

Porque esto no se va a resolver a los tiros. Y si se resuelve a los tiros, sabemos dónde van a estar los muertos: en el lado nuestro, como ha ido pasando. Entonces hay que ver la forma de que esto se solucione con acuerdos políticos, con avances legislativos, etcétera. Y donde quienes han puesto el tema en la mesa, los hermanos que han venido los últimos 20 años poniéndole el cuerpo a las balas y poniéndole el pellejo a la represión, si podemos en algún momento aliviar los costos que ha tenido esa lucha -por ejemplo para la prisión política de muchos hermanos y hermanas, con leyes de indulto o amnistía, o lo que sea, hay que abogar por eso. Yo creo que no puede haber ninguna salida al tema, al conflicto sea territorial o que tenemos con los estados, dejando solos a quienes han pagado los costos por esta lucha. Ellos tienen que ser parte de esto. Es más, yo creo que la negociación central, o el acuerdo central, o el pacto central es del estado y las autoridades con ellos, porque no se solucionan los conflictos étnicos o políticos que hay, a veces graves, restando a los verdaderos protagonistas de aquellas luchas. Es con ellos con quienes hay que conversar. En Chile no hemos tenido todavía esa posibilidad. Si bien hermanos y hermanas de corte más radical han planteado su idea de conversar con el estado, yo siento que la la falencia está en el estado. El estado no tiene todavía la actitud intercultural para tomar el guante. Y lo que es también claro y hay que decirlo es que el estado tampoco tiene el interés porque el estado defiende intereses que son otros, y esos otros intereses están completamente coludidos con el saqueo al territorio, la compra-venta del territorio, con las mega inversiones de industrias extractivas en el territorio, mineras, hidroeléctricas, forestales, pesqueras, salmoneras, etcétera, y ahí tenemos un zapato chino que resolver.

 

-¿En qué estado está ese diálogo a nivel social? Digamos, si pudiéramos por un momento correr al estado de la discusión, y pensando en esto que decíamos, bueno, a nivel de la movilización o a nivel de, como decís, del arte y la cultura, ¿en qué estado percibís que está tanto en Puelmapu (Argentina) como en Ngulumapu (Chile) esa conversación?

 

En Puelmapu yo noto que hay harta, que incluso está más avanzada, cierta solidaridad interétnica. Quizás porque Argentina igual tiene una cultura de activismo político interesante comparada con Chile. Acá han volteado gobierno ustedes, y no vaya a ser sino que también este caiga a futuro. Y hay una sociedad argentina muy activa en muchos ámbitos. Hay un poder social que es real, hay una tradición sindicalista de organizaciones obreras, de gremios interesantes como el de los maestros. En fin, eso en Chile se desarticuló casi totalmente desde la dictadura. Y los regímenes democráticos post-dictadura neoliberales han mantenido, digamos, esa característica del país, donde los gremios son bastante poco influyentes, tienen poco peso, donde los estudiantes han dado luchas emblemáticas en el pasado, pero hoy día están de bastante capa caída.

Yo veo en Argentina que hay harta conexión entre el mundo social winka y el mundo social mapuche. Y veo ese apoyo y ese respaldo muchas veces. En Chile quizás cuando se dio más fue en el estallido social. Ahí se vio una conexión profunda entre ese Chile que se movilizó con el mundo indígena y su lucha. Al punto que el símbolo máximo del estallido social fue la bandera mapuche. Eso ya da cuenta de que había una identificación total entre el mundo que marchó, que se movilizó, que protestó, con las causas originarias. Y no solamente en Plaza Dignidad: marchas en Viña del Mar eran con la bandera mapuche, marchas en Antofagasta en el norte, marchas en Punta Arenas, eran con la bandera mapuche como símbolo. Quizás ante el desprestigio de la política y del nacionalismo chauvinista chileno, se buscó un símbolo que representara la dignidad, la lucha constante, cierta ética también en su actuar, y se tomó a la bandera mapuche como símbolo. Entonces, yo ahí vi un momento epifánico, así tremendo. Cuando veía por las calles pasar a miles de personas, miles de chicos y chicas, y que no eran mapuches obviamente, con la bandera nuestra. Y dije: “wow, esto que viene es potente”. Luego ese proceso social se encauzó en el tema constituyente. Hay quienes creen que fue un error encauzarlo hacia allá. Hay algunos que piensan que debió seguir siendo un movimiento social en constante, digamos, ebullición y consolidación. Bueno, también vino la pandemia. Eso fue algo que nos mandó a todos también a encerrarnos. Como haya sido, en la actualidad yo siento que esas generaciones que vivieron el desprestigio social y las que vienen después quedaron con esa herencia, con la herencia de la cercanía con estos temas que son temas propiosde los tiempos que vivimos hoy día. Luego, el protagonismo político-social lo volvieron a tomar los partidos, lo volvió a tomar la casta -como diría alguien por acá, que ahora también es casta-, lo volvieron a tomar los políticos profesionales, por así decirlo. Y eso ya, digamos, pareciera ser que el otro hubiera muerto. Yo no creo eso. Yo creo que sigue estando. Sigue estando muy presente. Y creo que donde se va a notar mucho va a ser en la próxima presidencial. Si hacemos caso a los que son pesimistas y negativos, que consideran que todo esto que sucedió finalmente fue un fracaso, debiéramos tener un gobierno de derecha en Chile, de ultraderecha, en el próximo periodo. En cambio, si somos escépticos optimistas y entendemos que lo que se vivió fue un aprendizaje, que fue una escuela para muchas generaciones jóvenes también. Incluso yo encuentro bonito lo que sucedió, ese aprendizaje social de un Chile movilizado, un Chile que marcha, que canta, que también las artes ocuparon un lugar central en todo eso. Si somos optimistas al respecto, esa marea que ahora pasó a quinto plano va a ser la marea que va a impedir que llegue de la ultraderecha al gobierno en la próxima presidencia. Yo tengo esa sensación.

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