20 de abril de 2024

No es otra ola de calor, el país hierve en su modelo productivo

Por Silvana Melo para Pelota de Trapo “Se podría decir que estamos experimentando las olas de calor intensas más frescas del resto de nuestras vidas”, dijo una investigadora del Conicet. Y es la distopía de marzo 2023: una de nube de fuego y humo, de 38 grados y 43 de térmica, de bichos diminutos que…

Por Silvana Melo para Pelota de Trapo

“Se podría decir que estamos experimentando las olas de calor intensas más frescas del resto de nuestras vidas”, dijo una investigadora del Conicet. Y es la distopía de marzo 2023: una de nube de fuego y humo, de 38 grados y 43 de térmica, de bichos diminutos que invaden las casas, los trenes, los bondis y los patios, de una sequía monumental que cuartea el 70 por ciento de la tierra del país. Una decisión irrenunciable del poder político de no mover ni un ápice el modelo de producción que nos tiene parados aquí, desgraciadas y desgraciados, en alerta rojo cuando el otoño debería ser inexorable.

Los 14 millones hacinados en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) son el 35 por ciento de la población argentina y viven en 3.800 kilómetros cuadrados, en un país que se alarga en 2.780.000 kilómetros cuadrados. Catorce millones generando su propio calor, apilándose en manzanas enteras habitadas hasta el mínimo rincón interno, cementadas al extremo, con pulmones de manzana tan decrépitos y agotados como la propia población a ocho días de un otoño fraudulento.

Carolina Vera es la doctora en Ciencias de la Atmósfera e investigadora principal del Conicet la que habló de las olas de calor más frescas del resto de nuestras vidas. Porque el país, cosido por la inflación y el desencanto político, soporta el verano más cálido de su historia con 1,3 grados por encima de la temperatura normal, según datos del Servicio Meteorológico Nacional (SMN). Este verano fue el tercero más seco de la historia en la Argentina. Pero febrero fue el segundo más seco con un 41,9 por ciento menos de lluvia que el promedio. Es decir que llovió la mitad de lo que suele llover, más o menos normalmente, en uno de los meses de mayores precipitaciones promedio al año.

Y las olas de calor —que son nueve en este verano, hasta ahora— serán cada vez más frecuentes e intensas “por la influencia humana en el clima”. Es verdad que los gases de efecto invernadero, que producen el calentamiento de todo el planeta, se vienen acumulando desde el comienzo de la era industrial. Pero la locura de la riqueza concentrada y la rentabilidad ilimitada se han profundizado en las últimas décadas. Y el modelo de producción extractivista es el sostén financiero de la mayor parte de los países de América Latina, extremadamente débiles política y económicamente.

Foto: Greenpeace

Las olas de calor del modelo extractivo

La ola de calor que se extendió en el AMBA, por gran parte del mes de marzo, es consecuencia de esa matriz productiva que la Argentina adoptó como propia a costa de lo que fuere. Los gases de efecto invernadero —los que producen el ahogo sostenido de este tiempo en calor y sequía— están directamente relacionados con quemar combustibles fósiles. Es decir, obtener energía del carbón, el petróleo y el gas natural. Vaca Muerta es el cuerpo de salvataje de este dislocado país, a partir de la producción de hidrocarburos no convencionales. Que para colmo necesitan de sistemas probadamente nocivos como el fracking —fractura hidráulica— para la extracción del petróleo y el gas.

Pero además, el cambio del clima está generado por la deforestación y la erosión del suelo, episodios con historia muy cercana: la ampliación de la frontera agrícola se puso en marcha en las últimas décadas cuando la Argentina decidió poner énfasis en la exportación de commodities con la consecuente entrada fácil de divisas y el enriquecimiento desmesurado de grandes productores que dominan extorsivamente la economía del país. Cuando la soja se volvió reina y señora y su cultivo fue casi único durante años, se deforestó desaforadamente, se corrió a la ganadería hacia los humedales y se destruyeron el suelo y los reservorios de agua dulce. Los propios dueños de la tierra y la vida se opusieron a la ley que intenta salvar los humedales y la pretenciosa letra legal quedó en un cajoneo con olor a para siempre.

El desmonte destruyó la ida y vuelta entre las lluvias, los árboles y la tierra que mantienen naturalmente la salud de unos y otras. El agotamiento del suelo por parte del monocultivo y la falta de árboles volvió ese suelo una calle de cemento por donde no escurre el agua. Por lo tanto, las distintas zonas del país se retuercen espasmódicamente entre terribles sequías e inundaciones. El negocio inmobiliario construyó countries que funcionan como paredes contra las que chocan las aguas en busca de su camino normal y que producen el desvío hacia las ciudades.

Foto: Nicolas Pousthoims / Subcop

El Niño y la Niña o el modelo de la semilla zombie

Casi veinte días de entre 36 y 38 grados de temperatura en el AMBA hacinado no es fruto de la casualidad ni sólo de los fenómenos como el Niño o la Niña —en una connotación poco feliz que implica a la infancia— como sostienen los descontextualizados meteorólogos.

Los bichos diminutos —llamados trips— que rara vez vemos en las ciudades encadenadas en esta olla hirviente que es el Conurbano y los otros bichos, como los «astilos moteados» o el «siete de oro» —que se las agarran con las vacas ante la desesperación y el desconcierto— se vienen a los centros urbanos porque la sequía les arrebató el hábitat y el alimento.

Los centenares de miles de niños, niñas y adultos que sobreviven en los eufemísticos “barrios populares”, se llevan la peor parte. Como parece corresponder a una política de extinción de los sectores más frágiles. En sus barrios y en sus casas hace más calor, obviamente no tienen aire acondicionado, la electricidad tiene la inestabilidad de los que se cuelgan, el agua es una quimera, los espacios verdes son reducidos y el hacinamiento es mucho más profundo. “En Argentina las ciudades concentran al 90 por ciento de la población, y es en ellas donde los impactos se sienten más y, en consecuencia, donde debemos focalizar las soluciones”, dice el coordinador del programa de Ciudades de CIPPEC, Alejandro Sáez Reale.

Los 14 millones que fatigan el AMBA transitando una ola de calor que ya parece sólida, no saben si tendrán luz cuando lleguen a sus casas. Si van a la escuela, probablemente no tengan aire ni ventiladores y son treinta o más en un aula con una docente y los chicos se desmayan de baja presión (a veces también de hambre) y la docente trata de exorcizar su propio desmayo.

Los fenómenos extremos generan incendios devastadores en el centro y en el sur del país, algunos accidentales, otros provocados por los mismos productores agropecuarios. Estas quemas han producido tragedias que, sin embargo, no lograron que la justicia y el poder político actúen con dureza. Es que es el mismo poder económico, el mismo poder real, que logra dos ediciones del dólar soja, en un país desesperado por divisas y extorsionado por quienes las pueden generar. El mismo que inventa el trigo HB4 transgénico, «resistente a la sequía».

Es que primero destruyen los ecosistemas y luego crean la semilla zombie que resiste a todas las consecuencias de ese sistema productivo. Las olas de calor, la energía eléctrica que se apaga para 20 millones por un incendio de pastos, la sequía que manda los bichos a las ciudades y destruye las pequeñas economías, la desesperanza de los que tienen que salir todos los días al infierno, el desencanto de observar en la escena diaria la ritual disputa por cargos que deberían ser tóxicos, la luz que se corta y se corta y se corta.

Y los 14 millones hacinados en el AMBA, tanto como los 46 millones de todo el país, que pellizcan en la mesa un pan con trigo transgénico —ése que resiste a la sequía—. Sin siquiera sospecharlo.

Nota original: «El país hierve en los brazos de su modelo productivo»

Edición: Tierra Viva

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