19 de abril de 2024

La vida en las ciudades: del mito del progreso al vértigo neoliberal

Por Rodrigo Dias* Es muy común estructurar campos de investigación en torno a categorías antagonistas como una manera simple de identificar el problema a abordar. Estas dicotomías se transforman en conceptos monolíticos, indiscutibles: Oriente y Occidente, Norte y Sur, Desarrollo y Subdesarrollo, por mencionar algunos. Pero existe una más, que —hasta podríamos afirmar— es parte…

Por Rodrigo Dias*

Es muy común estructurar campos de investigación en torno a categorías antagonistas como una manera simple de identificar el problema a abordar. Estas dicotomías se transforman en conceptos monolíticos, indiscutibles: Oriente y Occidente, Norte y Sur, Desarrollo y Subdesarrollo, por mencionar algunos. Pero existe una más, que —hasta podríamos afirmar— es parte constitutiva de nuestra cotidianeidad y que ha servido para ilustrar mucho más que simples recortes espaciales: la dicotomía campo-ciudad.

Hablar de campo y ciudad (o de lo rural y lo urbano) nos arroja de inmediato a cuantificar y cualificar aquel espacio al que hacemos referencia, en donde siempre la ciudad se presenta como el extremo más relevante de la dicotomía, el que mayores connotaciones positivas trae consigo. Pero ¿qué es en verdad la ciudad? ¿cómo se puede definir? ¿qué es lo que las vuelve, en apariencia, tan interesante?

Foto: Télam

La ciudad como progreso

Desde el inicio misma de las civilizaciones humanas la idea de ciudad está acompañada por una serie de imaginarios que hasta el día de hoy la posicionan como un lugar de inevitable deseo. Lo urbano (o la ciudad) se construye y se sostiene en función de una dicotomía con los espacios rurales (o el campo). Allí es donde se encuentra el valor verdadero que reviste a la ciudad de ese halo místico, el valor simbólico que fue atribuido históricamente a la ciudad que emana de la dicotomía: la idea del progreso.

Se presentaba a lo rural como una oposición profunda de lo urbano, como espacios alejados, marginados, deteriorados, cuya funcionalidad no trascendía de la generación de materias primas. Se hablaba del campo como un fetiche, como un territorio determinado que poco tenía para ofrecer más allá de su producción, con procesos, localizaciones y habitantes genéricos.

Muy por lo contrario, la ciudad era introducida como una suerte de tierra de oportunidades, en donde el crecimiento, la interacción con todo un universo nuevo de personas, el alcance de múltiples posibilidades eran fragmentos de un todo que podía reconocerse bajo otro fetiche, el progreso.

Si se traza una línea coherente entre ambos extremos no resulta sorpresivo observar que el flujo poblacional ha tendido históricamente a desplazarse de uno hacia otro. La tendencia global histórica es el crecimiento de la población urbana. Argentina, por mencionar un caso, se encuentra hoy con el 92 por ciento de su población viviendo en áreas urbanas. América se encuentra por encima del 80 por ciento y en el mundo, un 55 por ciento de la población vive en áreas urbanas (China e India, que aún tienen algo porcentaje rural, equilibran la balanza global).

Y no es para menos. Ya sea que tratemos de las primeras ciudades de la historia en la lejana Sumeria, pasando por los burgos, por la Manchester de la explosión industrial o la Buenos Aires actual, la referencia siempre apuntará en la misma dirección: la ciudad se presenta como la tierra de oportunidades. Partiendo de la protección, pasando por el trabajo asalariado hasta llegar a las alternativas de estudio, ocio o la inserción en otras esferas sociales, la ciudad se ha presentado como la respuesta a todas las necesidades de aquellos que no pueden satisfacerlas dentro de las bondades de los espacios rurales.

Argentina ha tenido, al igual que casi toda la región, un proceso paulatino pero constante de migración interna del campo a la ciudad que fue y aún continúa yendo de la mano con el crecimiento mismo de los espacios urbanos. Este tuvo crecimiento a partir de la caída del modelo agroexportador —post crisis de 1929— y la aparición del modelo de sustitución de importaciones que dio paso a un incipiente pero sólido crecimiento de la industria argentina. Este “éxodo rural”, tal como se lo denominó, reemplazaría los volúmenes de los flujos migratorios europeos y se instalaría mayoritariamente en las áreas que daban cobijo a estas industrias: el primer cordón del conurbano (para entonces el único de lo que hoy es el Área Metropolitana de Buenos Aires), Rosario y Córdoba.

Foto. Gerónimo Molina

Este redireccionamiento poblacional traería consigo dos cuestiones que es necesario mencionar: la emergencia de un “choque cultural” entre parte de una sociedad descendiente de o filoeuropeísta y los recién llegados habitantes del interior del país, fenómeno que daría nacimiento a toda una serie de estigmatizaciones y estereotipos que perduran hasta nuestros días y de las cuales el “cabecita negra” es quizás la de mayor trascendencia.

El segundo aspecto: una dispersión poblacional que se concentraría sobre una pequeña extensión de superficie y tendería a cimentar estructuras territoriales cuya primacía será, inevitablemente, una tríada de grandes ciudades y sus conurbanos (Gran Buenos Aires, Gran Rosario y Gran Córdoba) con eje central en la capital del país. Además, la continuidad de los flujos migratorios generará primero un crecimiento centrífugo de las ciudades, ensanchándolas y expandiéndolas gracias al desarrollo de infraestructura vial —esencialmente rutas y autopistas que comenzaban a desplazar al ferrocarril— y luego las tensionarán por saturación, dando origen a un incipiente flujo de retorno y redistribución hacia otras áreas.

La llegada de la dictadura cívico-militar y su proceso de desindustrialización a partir del año 1976 contribuyó con este fenómeno, desacelerando el crecimiento de las grandes ciudades y convirtiendo a las ciudades intermedias y pequeñas en las nuevas protagonistas de esta búsqueda incesante de unas mejores condiciones de vida que, había quedado demostrado, no estaban al alcance de todos.

El mito de la ciudad como progreso —acompañando al desmantelamiento del Estado Social— comenzó a resquebrajarse y dejará a la vista toda una serie de problemáticas de complejidad diversa para las que no habrá respuesta inmediata.

Foto: Nicolás Pousthomis

La ciudad como caos

El Cairo (capital de Egipto) es una ciudad que se nos presenta como ejemplo de un espacio urbano construido por la sumatoria de múltiples procesos, diseños, conquistas y condicionamientos estructurales históricos, revestida de un halo místico —que parte de la veta turística— que la ensalza como la ciudad capital del país que dio cobijo a una de las civilizaciones más desarrolladas de su tiempo.

Este milenario El Cairo, sin embargo, tiene un problema. Detrás del manto de la ponderación de sus paseantes, su funcionamiento como urbe roza lo caótico: trazados urbanos complejos, falta de planificación profesional, niveles elevados de contaminación (fundamentalmente del aire), sobrepoblación, hacinamiento, imposibilidad de atender la demanda de servicios básicos, una circulación saturada y un crecimiento urbano descontrolado sin solución en el corto plazo.

Pero para lo que nos atañe, esta gran ciudad —cuya área metropolitana supera los veintidós millones de habitantes— guarda un enorme parecido con el sistema urbano de nuestro país y sus problemáticas. Ese lado oscuro de El Cairo se replica en Argentina y en buena parte de las ciudades del mundo como denominador común, colocando a las urbes en una situación caótica al verse sobrepasadas en su capacidad de atender la demanda de todos aquellos que los habitan, rompiendo a su paso el imaginario del buen vivir citadino.

Para el caso argentino se añade además el hecho de que su sistema urbano es primado —por condiciones políticas, económicas e históricas toda su estructura y funcionamiento está pensado desde y hacia la ciudad de Buenos Aires— y macrocefálico (al tener en el AMBA una ciudad con una población diez veces superior a la que le sigue, Córdoba). Es decir, todo está pensado en función, beneficio y aprovechamiento de Buenos Aires (como ejemplo pueden observar el sistema argentino de interconexión de energía eléctrica o la distribución dendrítica de las rutas y vías de ferrocarril); y el aglomerado de esta ciudad a su vez concentra casi un tercio de la población nacional.

¿Soluciones? Históricamente fueron pocas. A nivel macro, un intento de traslado de la capital federal hacia Viedma en 1986 —comprendido dentro del Proyecto Patagonia propuesto por Raúl Alfonsín— cuyo objetivo se enfocaba en la descentralización funcional y poblacional (pensándolo de forma tan lineal como si uno pudiera cortar y pegar una población sobre un mapa), quedó “cajoneado” sin mayor novedad hasta el momento.

A nivel micro, y pensando en Buenos Aires, la ampliación continua de autopistas, avenidas y el añadido de los metrobuses como intento de evitar la saturación del tránsito (hoy cualquier hora es hora pico), o la relocalización de instituciones, organismos y entidades en áreas alejadas del microcentro son apenas intentos que persiguen el objetivo de descomprimir la ciudad.

Foto: Nicolás Pousthomis

Más allá de eso, lo común es la falta de inversión, la remisión de espacios verdes a niveles preocupantes, la contaminación creciente, la falta de planificación o la imposibilidad de planificar potenciales modificaciones. Como corolario y resultado indirecto de lo anterior, las frecuentes interrupciones en el suministro de energía eléctrica, la inseguridad y un fenómeno bastante particular que cada vez se hace más notorio como lo es la ICU (Isla de Calor Urbano, resultado del incremento de superficies asfaltadas más el funcionamiento de sistemas de climatización, entre otras variables, que genera una temperatura sustancialmente diferenciada en las ciudades, especialmente en verano y por las noches). Todas facetas que le dan a la ciudad un matiz muy distinto al que reside en la teoría y en los imaginarios colectivos.

La ciudad como experiencia

La intensificación de las dinámicas extractivistas —vehiculizadas a través de la exacerbación de la oferta y el consumo como sostén del modelo— han impregnado a los espacios urbanos de una morfología particular que acentúa sus problemáticas a la vez que produce, reproduce y perpetúa las asimetrías.

Esta morfología está representada por dos fenómenos principales:

  • La densificación de la ciudad, entendida como el aprovechamiento intensivo de los espacios urbanos disponibles, principalmente en altura.
  • La valorización, entendida como un vuelco hacia prácticas de orientación extractiva que añaden un valor extra a ciertos fragmentos de la ciudad: desde lo paisajístico hasta lo simbólico, desde el arribo de franquicias transnacionales —generalmente destinadas a la alimentación, la vestimenta o el ocio— hasta la reestructuración de espacios para el turismo.

La convergencia de ambas construye ciudades que aún en sus múltiples escalas tienden hacia la homogeneización.

En tiempos en donde el crecimiento poblacional se reorienta hacia ciudades pequeñas o intermedias, es posible observar que lo primero a replicar en estas ciudades que van incrementando su población son las amenidades: una suerte de “atractivo” para los nuevos habitantes que prioriza su disponibilidad antes que la instalación de cloacas o una red de agua potable para todos sus habitantes.

Lo que se construye, de esta forma, son “lugares” dentro de la ciudad pensada para la experiencia. Una ciudad que ofrece así toda una serie de variables con un denominador común: el acceso a una experiencia efímera a través del consumo. El sociólogo y economista Jeremy Rifkin hablaba hace algunos años sobre un traspaso silencioso de la posesión hacia el acceso. Un ejemplo claro es el cambio sustancial entre los habitantes propietarios de vivienda y los que alquilan. Pero recaer en eso sería sencillo y no graficaría en toda su dimensión lo que estamos viviendo hoy.

Foto: Sebastián Hacher / Subcoop

Pensar en la vida cotidiana. Esta disociación entre las necesidades verdaderas y el consumo se potencia en los espacios urbanos. Se frecuentan cafeterías de franquicia, se llenan los gimnasios, muchos inscriptos en eventos, se pagan servicios extravagantes, y se añade un extra a cada paso que damos. En la mayoría de estos casos, consumimos pero no poseemos. Simplemente experimentamos, añadimos un “valor agregado” a nuestra existencia, valor carente de sentido y sustento que con el paso del tiempo se escapa de nuestras manos y tiene que ser reemplazado por otro porque ya no poseemos. Pequeño pero sutil detalle.

Estos lugares que brindan una “experiencia citadina” están dirigidos cada vez más a un porcentaje menor de la población. Estas ciudades caóticas y fragmentadas son cada vez más excluyentes, más asimétricas. Las dinámicas actuales potencian lo vivencial pero eluden las obligaciones de inclusión e integración real.

Los espacios urbanos hoy se presentan como archipiélagos de consumo para aquellos que vienen a experimentarlos, mientras que el resto de sus habitantes son los que habitan, sufren y rellenan los espacios en blanco, siendo a la vez paradójicamente invisibilizados.

Este modelo de ciudad neoliberal no entiende a la ciudad como un lugar donde vivir, sino como una fuente de consumos más en donde quien no puede hacerlo no tiene lugar visible en su entramado de territorialidades.

Lejos del imaginario del progreso y las oportunidades, sumidas en el caos generado por la saturación, las ciudades hoy van adquiriendo peligrosamente en toda su extensión aquella noción de “no lugar” que propusiera el antropólogo Marc Augé: apenas un intercambio, una relación de consumo que no puede ser apropiada y que, como corolario, no alienta a la permanencia sino a la efímera contemplación. La pregunta que emerge, inevitable, es ¿para quién están pensadas las ciudades?

Quizás, a esta altura de las circunstancias, sepamos la respuesta.

*Autor del libro «Geografías de los cotidiano» y responsable del sitio Un Espacio Geográfico.

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