28 de febrero de 2024

La Verdecita: cultivando el derecho a la alimentación y el ecofeminismo en Santa Fe

Por Mariángeles Guerrero Cuando a Verónica Jaramillo se le pregunta qué es el ecofeminismo, ella duda un instante. Y luego afirma: “Es compartir. Es intercambiar experiencias, eso te abre la cabeza”. La imagen que la mujer propone se parece a la biodiversidad que defiende la agroecología: en una pequeña parcela de tierra, diferentes especies crecen,…

Por Mariángeles Guerrero

Cuando a Verónica Jaramillo se le pregunta qué es el ecofeminismo, ella duda un instante. Y luego afirma: “Es compartir. Es intercambiar experiencias, eso te abre la cabeza”. La imagen que la mujer propone se parece a la biodiversidad que defiende la agroecología: en una pequeña parcela de tierra, diferentes especies crecen, colaboran entre sí, se nutren unas a otras. Eso es lo que las productoras de La Verdecita, en el cordón hortícola de la ciudad de Santa Fe, hacen desde hace más de 20 años. Producen de forma agroecológica, venden a precio justo, trabajan con perspectiva de género y sostienen sus reivindicaciones originarias en un nuevo contexto de emergencia alimentaria.

Verónica llegó a Recreo, una pequeña localidad ubicada al norte de la capital provincial, cuando tenía cinco años. Nacida en Salta, cuenta que sus padres llegaron de Bolivia a la Argentina allá por los años ochenta buscando trabajo. “Siempre trabajaron la tierra”, comenta. De Salta a Santa Fe hay 1000 kilómetros en los que los cerros se pierden y el paisaje toma los distintos tonos de verde del litoral. Recreo, Monte Vera, Ángel Gallardo son parajes que circundan Santa Fe, una ciudad de terrenos bajos y húmedos rodeados por dos ríos, el Salado y el Paraná, y una laguna, la Setúbal.

Esos parajes, convertidos en pequeñas localidades, fueron durante muchos años la tierra de “los quinteros”. Muchas familias migraron desde Bolivia hacia esa zona para cultivar tomate, acelga y espinaca, pimientos, zanahoria, naranja, mandarina y otras frutas y verduras que se venden en el mercado central de Santa Fe. Pero por el avance de la sojización, la crisis de finales de la década de 1990 y la especulación inmobiliaria, barrios enteros que bien podrían comer lo que da la tierra, terminaron hambreados y dependientes de una dieta pobre de fideos, azúcar y arroz. 

Para las mujeres que, hacia 1985, habían formado el Sindicato de Amas de Casa de Santa Fe, el colmo de la pobreza generada por el modelo agroexportador fue que los empresarios de la soja —en plena crisis de 2001— donaran sus porotos para hacer “leche” para los comedores comunitarios. Una de esas mujeres, Chabela Zanutigh, puso el grito en el cielo. No estaba dispuesta a aceptar que los pibes coman veneno. Ese fue el puntapié de «La Verdecita, Granja Agroecológica».

El espacio donde Verónica construyó su propio concepto de “ecofeminismo” está conformado por personas del campo, que toda la vida se dedicaron a producir alimentos, como ella, y también por mujeres de la ciudad, que vieron en la agroecología una forma de tener alimentos de verdad al alcance de la mano. En la actualidad, nuclea a 30 familias productoras del cordón hortícola de Santa Fe.

Foto: La Verdecita

Nidia Kreig, una de las primeras integrantes, colabora en el reparto de los bolsones agroecológicos que semanalmente comercializan. En el contexto actual de aumento de precios, evalúa: “Si obviás a los formadores de precios y potenciás a las cooperativas, a los frigoríficos cooperativos, a quienes producen frutas y verduras con puntos de venta en los barrios, se podría salir de la emergencia alimentaria. Los supermercadistas, que tienen mucha capacidad de compra, te venden productos comprados hace diez meses y te los aumentan, por ejemplo, cada vez que aumenta la nafta“.

Su reflexión continúa: “Todos dicen que hay que reactivar el consumo: ¿esa es realmente la solución, comprar más autos, más celulares? Eso es volver a la economía productivista que nos trajo a la crisis civilizatoria y climática en la que estamos“. Para ella, en un contexto de emergencia alimentaria y desregulación económica, hay que volver a poner —como en la época del 2001— la discusión sobre el alimento en primer plano. Y también, el debate sobre las salidas posibles: “Está claro que las alternativas no las van a dar los gobiernos, las alternativas serán las que podamos construir desde abajo hacia arriba“.

Chabela falleció en 2018, pero sus semillas siguen germinando.

Tras la inundación, manos a la tierra

En 2003, la ciudad de Santa Fe sufrió la peor inundación de su historia. Los barrios pobres, que estaban saliendo de la crisis a través de trueques, autogestión y asambleas, quedaron bajo las aguas del río Salado, desbordado con picos históricos de su caudal. Ni el gobierno provincial ni el municipal dieron aviso del desastre. Es más: pidieron que la gente se quede en sus casas. El saldo: 158 muertes y miles de familias que perdieron todo.

Para ese entonces, las mujeres que formaban parte del Sindicato de Amas de Casa habían conformado la Red Interbarrial de Mujeres. En ese proceso, pasaron del objetivo de concientizar sobre el valor del trabajo de las mujeres en sus casas a pensar alternativas de oficios para sumar algún ingreso. Cuando bajó el agua y se evidenció el desastre, esa necesidad se hizo más patente. Con oficios de albañilería llegaron a reparar 30 casas, pero no bastaba. El problema del hambre seguía. Una de las estrategias, entonces, fue empezar a producir alimentos de forma autogestionada.

En aquel 2003 de la inundación consiguieron el financiamiento necesario para comprar un predio en el extremo noreste de la ciudad. Allí abrieron la granja, donde empezaron a transitar la experiencia de trabajar la tierra colectivamente. Así lo recuerda Nidia: “Eso significaba, ante el hambre, tener un lugar donde cultivar. Muchas tenían algún conocimiento pero éramos mujeres urbanas y empezamos a capacitarnos”. En ese proceso aprendieron a trabajar con calefones y calentadores solares, a armar la huerta y los gallineros y hasta hicieron una pequeña laguna para criar gansos.

Con lo producido, empezaron a generar las “Ferias Orgánicas de lo Diverso”, en las que vendían sus alimentos. También fundaron la Escuela Vocacional de Agroecología —que funcionó hasta poco antes de la pandemia— y, en 2008, el Colectivo de Productores de La Verdecita, que nuclea específicamente a quienes trabajan en las localidades del periurbano hortícola.

Foto: La Verdecita

“La Verdecita se fue constituyendo de esta manera, no sólo como una posibilidad para las familias y las mujeres de la Red Interbarrial de Mujeres, sino como una referencia para otra forma de producir, de consumir y de entender la relación con la naturaleza. Después de la crisis, a partir de la mejora de la situación de las mujeres de los barrios, fuimos tomando contacto con los productores de la zona de Ángel Gallardo, Recreo, Monte Vera”, explica Nidia.

Las mujeres que pararon el tren del modelo sojero

La granja La Verdecita está ubicada en el noreste de Santa Fe, en el barrio 29 de abril. El nombre del barrio se debe a que allí fueron relocalizadas las familias que, tras la inundación de 2003, perdieron sus casas. La fecha es la del día en que el río entró a la ciudad. Un largo camino de tierra caliente separa la sede de la organización en la Avenida Aristóbulo del Valle, que comunica el centro de la ciudad con el periurbano del norte. Unas cuadras antes de llegar, el camino se eleva de forma pronunciada: es el cruce con las vías del Ferrocarril Belgrano Cargas, que transporta soja desde el norte del país al puerto de Rosario.

En octubre de 2008, esas vías fueron noticia. Un grupo de mujeres no dejaba avanzar la formación. “Fue un escándalo. Vino la Policía, los medios. Nos amenazaban”, recuerda Nidia. Esas mujeres eran las que trabajaban la tierra a unos metros de allí, en oposición al modelo sojero. “El tren de la soja es el tren de la trata, afirmaban”.

“La lucha contra el monocultivo y el agronegocio se convierte en algo muy importante y sobre todo en el lugar donde estaba enclavado La Verdecita”, cuenta Nidia y agrega: “Lo que disparó para nosotras el tema de la agroecología fue la soja. Antes, en Santa Fe, vos tenías un mapa diverso con cultivos diversos y tambos. Todo eso fue desapareciendo por la soja”.

¿Y por qué “el tren de la soja es el tren de la trata”? “Lo que intentábamos visibilizar es que la zona del puerto, como también las zonas donde están las mineras, son espacios de mucha explotación sexual. Eso está ligado a un modelo que viola la tierra como también viola los cuerpos de las mujeres”, recupera. 

Foto: La Verdecita

Nidia fue una de las integrantes, junto a Chabela, del Sindicato de Amas de Casa: “Hay una línea histórica de cómo nace el sindicato, surgido para reivindicar el valor productivo del trabajo del ama de casa, y lo que fue después La Verdecita. Esa línea tiene que ver con el tema del cuidado y con la interdependencia”, reflexiona. 

“Son las tareas de cuidado, que nos han sido patriarcalmente asignadas a las mujeres, las que hacen posible el sostenimiento de la vida. Para la sostenibilidad de la vida, hay que preguntarse ‘¿qué necesitamos para vivir?’. Para vivir necesitamos alimento. Entonces, ¿cómo lo producimos?”, completa.

La Verdecita en el tren de la agroecología

En el camino de responder esa pregunta y de buscar alternativas al modelo de la soja y los agrotóxicos, llegaron a la agroecología. “Es otra forma de producir que sirve para darle de comer al mundo. Es mentira que en Argentina producimos alimentos para 400 millones de personas, porque no estamos produciendo alimentos. Estamos exportando commodities que sirven solamente para los chanchos chinos, con un paquete tecnológico provisto por las corporaciones”, manifiesta.

Para Verónica producir de forma agroecológica, como mujer de campo, permite no estar aspirando un químico que me puede enfermar a sus hijos. «Muchas veces llevé a mis hijos o estando embarazada trabajé hasta los 8 meses», grafica. Además, valora la diversidad de cultivos que abre la práctica agroecológica: “Los compañeros que hacen convencional tienen cinco o seis hectáreas y hacen una hectárea de acelga, una de remolacha y así. Nosotras, en una hectárea, hacemos entre 15 y 17 variedades”.

En las ferias semanales que realizan en la costanera santafesina, en la Plaza Pueyrredón, La Verdecita vende productos frescos a precios justos. Un paquete de acelga oscila entre los 350 y los 400 pesos, por ejemplo. También comercializan en su local de ventas, en Estanislao Zeballos 2700, unos 35 bolsones por semana. “La gente nos compra porque es mucho más económico que ir a un supermercado y es una producción que te puede durar una semana”, asegura Verónica.

Compartir con otras para crecer juntas

Verónica se sumó a La Verdecita en 2015. Relata que empezó a participar porque notó que “mucha gente del campo, si no tiene alguien que los represente, no se enteran si hay políticas para el sector”. La intención de organizar a productores y productoras tuvo como objetivo potenciar el sector, pero también hacer culto a sus orígenes y trabajar con una impronta feminista. La puerta de entrada a la organización fueron las rondas de mujeres.

Las rondas significaron, para Verónica, la posibilidad de mejorar sus condiciones de trabajo y su vida en un sentido más amplio. “Empecé a ver que existían otras puertas, otras salidas. Venía del campo, donde nuestros padres tenían otras costumbres. Por ejemplo, no tutear, saludar siempre aunque no te saluden… O trabajar: yo empecé a trabajar en el campo cuando tenía 10 u 11 años. Lo hacíamos para ayudar y para nosotros era un juego. No sentíamos que era un trabajo, no lo veíamos así. Y cuando iba a la escuela mis compañeras me preguntaban por qué yo trabajaba”.

Y añade: “En las rondas de mujeres había muchas compañeras que por ahí les costaba mucho expresarse: era como que pasaban muchas cosas en el campo que estaba prohibido comentar. Por ejemplo, era normal que te golpeen o que no puedas opinar mucho. Las mujeres eran para la casa, para lavar los platos o la ropa”. Pero empezar a conversar y poner en común esas situaciones, para ella fue “una motivación”.

“Cuando llegué al grupo de mujeres venía complicada en mi matrimonio y por otras cosas de la vida y sólo veía una puerta. En las charlas empecé a ver que tengo muchas opciones. Vi que podía elegir y eso fue muy importante para mí”, valora. “Cada vez que iba a las charlas salía con mucha fuerza. Si llegaba mal, salía bien y con una capacidad de decir ‘ellas pueden, yo también’”, recuerda.

Foto: La Verdecita

Eso llevó a tener otra dinámica en las asambleas: “Hoy hay intercambios dentro del colectivo de productores y eso está buenísimo. No sólo con las mujeres, sino que los varones también empezaron a abrirse y a compartir”.

“En el campo, si iba algún comprador, era el varón el que salía a atender. La mujer quedaba atrás. Por más que esté al par del hombre carpiendo, fumigando o lo que sea, era el hombre el que representaba todo. Hoy en día eso ya no es así”, celebra Verónica.

La productora cuenta que estar en La Verdecita la impulsó a independizarse: “Antes pasaba que, por más que trabajemos los dos en el campo, el ingreso era uno. Y yo quería capacitarme, quería hacer otras cosas. Empecé a hacer talleres, trabajé en una guardería”.

Poco después, quedó a cargo de uno de los módulos agroecológicos que La Verdecita y la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Tierra (UTT) tienen en la localidad de Ángel Gallardo. Son ocho hectáreas de un predio del INTA-Santa Fe, cedidas en comodato, por un acuerdo con el gobierno provincial, a ambas organizaciones para la producción agroecológica.

“Empecé a trabajar en los módulos mientras mi pareja alquilaba en otro lado. Ahí fui viendo que nosotras tenemos una capacidad tremenda para hacer miles de cosas. A él le iba bien en el campo, pero ya había otro ingreso en la familia, el mío, y eso fue cambiando mucho las cosas”, dice la trabajadora.

Defender el cordón hortícola es defender el alimento

El cordón hortícola de Santa Fe enfrenta el problema de los loteos para la construcción de viviendas de personas con recursos que eligen alejarse de la gran ciudad. “La mayoría de la gente que está ahí, que compró un lote o alquila, es gente de la ciudad que busca la tranquilidad: poder estar más protegidos de los robos. Mientras tanto, el cordón hortícola de Santa Fe se va achicando”, describe Verónica. 

Los productores de la zona no son dueños de las tierras, sino que las arriendan. Eso genera múltiples dificultades para, por ejemplo, generar un proceso de transición agroecológica. Los productores se preocupan por no perder la siembra para poder pagar el alquiler, aunque eso implique que les «duela el bolsillo» para invertir en agroquímicos.

Mientras los precios de los alquileres suben y las mejores tierras se destinan a la construcción de casas, quienes cultivan los alimentos tratan de subsistir en el periurbano. Algunas parejas sin hijos, por ejemplo, comparten los alquileres y viven en una misma casa para usar el lote para producir.

Foto: La Verdecita

La localidad de Recreo, por ejemplo, se pobló de viviendas, cuenta Verónica, que visita allí a su hermano. Además, también cambió el tipo de cultivos. Donde era una zona de quintas, ahora se producen hectáreas de sorgo con aplicación de agroquímicos. «A la noche pasa la máquina a fumigar y es impresionante el olor. Lo hacen en la noche porque saben que día no pueden, a cinco cuadras hay una escuela”, comenta Verónica.

Según la productora de La Verdecita, la situación genera que la mayoría de los jóvenes nacidos en familias que trabajan la tierra, se vayan a la ciudad a hacer cursos o carreras para buscar otros trabajos. “Tener tierra propia, seguirá siendo un sueño porque ahora los precios se triplicaron”, lamenta.

Pero ella sabe que el derecho a la tierra no es sólo un sueño, sino que el Estado debe hacerse cargo. “Para el Estado, el campo, es el último orejón del tarro. Siempre se prioriza la ciudad, pero en el campo se produce el alimento. Si tiene que venir de zonas más alejadas es más caro y no hay garantía de cómo se produjo”, señala la productora y promotora de un modelo agroecológico, de abastecimiento de cercanía y a precio justo.

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