19 de junio de 2024

Feria Manos de la Tierra, 15 años construyendo soberanía alimentaria

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Por Bianca Coleffi  Manos de la Tierra es el nombre de la feria donde productores de localidades del cordón hortícola de La Plata confluyen los miércoles y viernes, desde hace 15 años, con el objetivo de vender sus productos directo al consumidor. La feria es la primera experiencia de su tipo en la zona, nacida…

Por Bianca Coleffi 

Manos de la Tierra es el nombre de la feria donde productores de localidades del cordón hortícola de La Plata confluyen los miércoles y viernes, desde hace 15 años, con el objetivo de vender sus productos directo al consumidor. La feria es la primera experiencia de su tipo en la zona, nacida en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), y funcionó como “caja de resonancia para otras dentro de esta universidad y en todo el país”, afirma Sergio Dumrauf, técnico del INTA y uno de los coordinadores del espacio.

La feria, que puso frente a frente consumidores y productores, transformó el interior de las quintas hacia una producción más sustentable y posibilitó otras experiencias de comercialización directas dentro de la UNLP, que la llevó a posicionarse como una de las universidades con mayor vinculación y desarrollo con este sector productivo.

El nacimiento de la feria Manos de la Tierra

En el año 2005 se creó el Banco Social de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales (FCAyF) , primera experiencia en el país de una entidad de microcrédito implementada desde una universidad. El “Banquito Social” permitía pequeños financiamientos a familias del cinturón hortícola platense. Por esos años, no había muchas políticas públicas destinadas al sector de la agricultura familiar y, a través de los microcréditos, varios productores se acercaron y pudieron comprar herramientas de trabajo, semillas u otros insumos productivos. Tres años después, con una organización de productores más sólida, se pensó la idea de armar una feria de productor al consumidor.

“Eran muy difícil las habilitaciones municipales para llevar adelante estos circuitos de comercialización, entonces decidimos ir por el lado de la universidad que es autónoma, por eso la Facultad de Ciencias Agrarias terminó siendo el espacio físico de la feria”, cuenta Ramón Cieza, quien era prosecretario de Extensión de Desarrollo Social y Comunitario de la FCAyF en aquel momento.

En 2008 se montó la primera feria de la UNLP con productores de la agricultura familiar de la región, y a partir de ahí, todos los miércoles y viernes la postal se repite: un pasillo hasta la entrada de la casa de estudios dibujado por dos hileras de puestos con verdura fresca y alimentos de elaboración artesanal.

“Esto es un gran sustento para mi familia, porque lo que te paga el camión, para llevar la verdura al mercado, es una miseria y acá tenes la oportunidad de ponerle el precio que vale”, cuenta Roxana Solorzano, agricultora del cordón hortícola platense. Martina “Puqui” Chulqui, otra feriante y horticultora de la localidad de Arana, agrega: “La verdura de la feria es más económica que en la verdulería y dura mucho más. Los consumidores siempre nos dicen que cuando se llevan de acá la verdura puede durar varios días. Eso es porque está fresca”, afirma.

Foto: Bianca Coleffi / Manos de la Tierra

Los comienzos de la feria fueron con varios grupos de horticultores de distintas zonas de La Plata y Gran Buenos Aires: Arana, El Peligro, Abasto, Etcheverry, Parque Pereyra Iraola, Berazategui, Florencio Varela, Hudson, San Vicente, Berisso, Colonia las Banderitas. “En aquel momento era todo muy incipiente. El sector de la agricultura familiar no estaba tan organizado como ahora”, recuerda Dumrauf.

“Con el tiempo y gracias a la aplicación de políticas públicas que se dieron desde el 2005 y más fuertemente a partir de 2010, muchos grupos de productores se han independizado y de allí han salido grandes referentes nacionales y provinciales que han generado propias organizaciones”, valora el técnico del INTA.

Actualmente el grupo de Arana está conformado por siete familias, con mujeres a la cabeza, que son quienes garantizan la verdura fresca de la feria. Además, se comercializan quesos artesanales, huevos de campo, panificados, dulces, mermeladas, conservas, flores, plantas, artesanías, y productos regionales como yerba y vinos.

Hace algunos años se amplió la oferta de productos de la feria y se incorporaron otros rubros. De ser un espacio puramente de productos de la Agricultura Familiar pasó a contar con emprendimientos que no venían únicamente del rubro hortícola ni animal. El rubro de productores artesanales fue recibido a partir del 2017 y, actualmente, son cinco los puestos de artesanas que venden en la feria producciones regionales.

“Sumamos diversidad y colores a esta feria y la hacemos más vistosa”, asegura Sandra Maldonado, cestera de la Isla Santiago (Berisso), quien vende sus productos de mimbre y otras plantas cosechados en la zona ribereña. “Nuestros productos también tienen una historia y hablan de dónde venimos”, cuenta Sandra Fiscella, ceramista de Villa Elisa, y destaca: “Se producen encuentros culturales y es muy lindo”.

Feriando cambia la quinta, cambia una misma

Saida Solorzano Cardozo es productora hortícola y feriante de Manos de la Tierra. Junto a su familia participan desde los inicios de la feria y su hija Nayerly pasó muchos miércoles corriendo entre cajones de verdura. Hoy, con 19 años, atiende el puesto junto a su mamá, a quien ayuda a la par que estudia la carrera de enfermería.

Martina tiene una familia numerosa y su hijo más grande está por recibirse de ingeniero agrónomo en la misma facultad donde ella va a feriar. “Desde chiquito conoce las plantas y creció con eso. Por eso decidió estudiar agronomía”, cuenta ella y asegura que sus hijos fueron grandes impulsores para que la familia cambie sus hábitos productivos e inicie la transición agroecológica. “Con mi hijo plantamos un surco de morrón para hacer pruebas con semillas propias. Cada tanto viene su profesor y extraen muestras y las llevan a la facultad para estudiarlas”, explica sobre la retroalimentación entre las quintas y la universidad.

La feria también trajo modificaciones a lo interno de las quintas, que tuvieron que adecuarse a la forma de producción agroecológica: invernáculos con mayor presencia de aromáticas, cultivos diversificados y bidones con biopreparados para ahuyentar las plagas.

Muchas familias como la de Saida traían desde sus lugares de origen prácticas de producción agroecológica que se modificaron al llegar a la Argentina, en plenos años 80 con el boom de la “revolución verde” y los paquetes tecnológicos. “Allá en Bolivia mi papá no le echaba nada, en cambio cuando vinimos acá empezamos a hacerlo. Ahora que producimos agroecológico es mucho mejor para nuestra salud y para la de los consumidores, y también más barato porque los insumos están en dólares”, asegura Saida.

La feria, con el pasar de los años, también modificó los hábitos alimenticios en los consumidores, quienes se acercan cada vez con mayor interés en consumir alimentos saludables. “Esa fue una de las razones por las que se tomó la decisión de transicionar hacia la agroecología”, plantea Soledad Duré, la agrónoma que realiza el acompañamiento técnico a las familias productoras.

Las formas de cultivo agroecológicas impulsan a respetar los cultivos estacionales y no forzarlos por demanda del consumo. “Eso también fue un gran aprendizaje en la feria, tratar de explicarle a los consumidores que no va a haber muchos tomates en julio”, dice Maria Servat, ex coordinadora del grupo Manos de la Tierra.

La verdura que se comercializa en la feria es toda de estación y agroecológica, aunque también hay un puesto de reventa en el que se pueden encontrar frutas y verduras que son compradas en el Mercado Regional. Para atenderlo, las horticultoras y feriantes se turnan entre ellas una vez por semana.

La feria, además de un sustento económico, es un momento de descanso para muchas productoras que trabajan de sol a sol en sus quintas, se ocupan de sus hijos y tareas domésticas. “Venir acá es como respirar aire fresco”, revela Roxana. Otras describen el momento de feriar como “una terapia” y donde “te sacas el estrés que tenés en la quinta”.

“Acá aprendí a hablar”, cuenta Ovi Alemán Ivarbol, productora hortícola de Arana y feriante. “Antes si me pateabas de atrás quizás no te decía nada, pero de a poco fui aprendiendo. Estar acá me ayuda porque tenés que hablar con la gente”, cuenta la productora quien pasa los miércoles y viernes seis horas intercambiando con clientes recetas y consejos para cocinar sus verduras. “Nosotras aprendemos de nuestros consumidores como también ellos de nosotras”, admite Roxana.

Foto: Pedro Ramos / Desde La Raíz

La primera semilla es la universidad pública

La pandemia de Covid-19 desarticuló la feria durante dos años ante la imposibilidad de transitar en espacios públicos por la cuarentena obligatoria. Eso generó una emergencia en el sector que dependía de vías de comercialización directas. Por esa razón, en marzo del 2020, nació la comercializadora La Justa, una intermediación solidaria que acerca productos directo al consumidor en 14 nodos de la ciudad de La Plata y alrededores. La comercializadora se gestó también desde la UNLP y cuenta con un equipo de técnicos, docentes y estudiantes que forman parte de la gestión. En septiembre pasado se repartieron 4.542 bultos de alimentos frescos a 565 familias.

“La Justa nos ha dado una gran mano”, asegura Ovi. Las productoras de Manos de la Tierra tuvieron la posibilidad de insertar sus productos en La Justa durante la pandemia y hoy sigue vigente como otro canal de comercialización. Algunas, como Ovi, han dejado de vender “a culata de camión”, rumbo a los mercados concentradores, y se dedican a comercializar en circuitos directos de venta. “Tenemos la posibilidad de vender por bolsón, sin dejar por fuera productos que, si no se venden en el camión, se tienen que tirar, y además vender de a 40 bolsones por familia es una plata que te entra estable”, explica.

El post pandemia, sumado al actual contexto de crisis económica, hizo que la feria decaiga y las estrategias de difusión tengan que reverse. En una de las asambleas mensuales —espacio de construcción entre los coordinadores de la Universidad y las productores— surgió la idea de hacer un documental que sintetice los 15 años de Feria Manos de la Tierra. El mismo fue presentado el 8 de noviembre pasado, día del aniversario de la Feria, en el aula magna de la FCAyF a sala llena, y donde participaron autoridades del INTA y el Instituto para la Agricultura Familiar (IPAF).

“La Universidad, como parte del Estado, sostiene y fortalece estos procesos. Hay momentos donde tenemos más viento a favor, como han sido estos años, o serán momentos más de resistencia”, sostiene Dumrauf, técnico del INTA y coordinador del proyecto, que acompaña desde los inicios esta experiencia. “Al principio nos decían: ‘¿Tiene que estar una feria en la Universidad?’ Hoy nadie dice eso. Ya está instalado como política dentro de la Universidad y ya no corre riesgo el proceso como tal”, afirma.

El impacto de Feria Manos de la Tierra es múltiple y hasta a veces imposible de cuantificar. Atraviesa a generaciones de familias productoras, de técnicos y docentes, que han dedicado al acompañamiento de la experiencia. Este entramado productivo, social y comercial es un ejemplo concreto del aporte de una política productiva, de soberanía alimentaria, de transición agroecológica, que nace desde la universidad pública y que transforma la vida de familias productoras y consumidoras.

Foto: Bianca Coleffi / Manos de la Tierra

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