28 de febrero de 2024

Familias pescadoras del Paraná: «Está aclarando y vamos pescando para vivir»

Por Anahí Acebal, Álvaro Álvarez, Pablo Bordón y Cecilia Gárgano Desde Santa Fe La ciudad de Santa Fe y el río Paraná están íntimamente enlazados. Por su ubicación, y desde su fundación, parte de su población se organizó en torno al trabajo en el puerto, la producción frutihortícola, la caza y la pesca. Así se…

Por Anahí Acebal, Álvaro Álvarez, Pablo Bordón y Cecilia Gárgano

Desde Santa Fe

La ciudad de Santa Fe y el río Paraná están íntimamente enlazados. Por su ubicación, y desde su fundación, parte de su población se organizó en torno al trabajo en el puerto, la producción frutihortícola, la caza y la pesca. Así se fueron conformando diferentes barrios isleños. Uno de ellos es La Vuelta del Paraguayo, lugar con más de cien años de existencia que ha producido y reproducido históricamente la vida en vínculo permanente con el río. Recorrido, historias y voces de pescadores artesanales: cómo viven y producen las familias y qué tiene que ver el (agro)extractivismo con sus historias de vida.

La ciudad se ubica en el valle aluvial del río Paraná, donde el 70 por ciento de la superficie del ejido municipal está conformada por ríos y lagunas que poseen una alta riqueza de fauna ictícola para el desarrollo de la pesca. En un primer momento la práctica estaba destinada principalmente al autoconsumo. Con el paso del tiempo, y fuertemente luego del cese de la actividad portuaria en la ciudad de Santa Fe entre la década del 70 y 90, la pesca comenzó a ser la principal actividad de sustento de familias y personas.

Foto: Pablo Bordón

Un trabajo familiar

Existen diversos condicionamientos al trabajo de las familias pescadoras: desde las distintas reglamentaciones gubernamentales para el ejercicio de la pesca artesanal hasta las obras de infraestructura que han impactado en la flora y fauna. También es un gran problema la escasa remuneración que se percibe por el trabajo. La mayoría de los pescadores y las pecadoras no realizan venta directa a los consumidores, sino que venden sus productos a “acopiadores”, que son los intermediarios entre ellos/as y los comercios de venta. Por estos motivos, gran parte de las personas que habitan este barrio (La Vuelta) conocido como “de pescadores” deben emplearse como mano de obra en empresas constructoras, en la prestación de servicios (domésticos, cuidados de niños, niñas, ancianos, ancianas) o en dependencias públicas.

Si bien la pesca artesanal es una actividad fuertemente masculinizada, existen mujeres que pescan y otras tantas que realizan tareas de cuidado y otras actividades vinculadas a la pesca, como la comercialización, que son nodales. En las casas las mujeres, que son quienes además cuidan de los niños y niñas, en muchos casos se encargan del trabajo de limpieza y fileteado de los pescados, como así también de coordinar con los acopiadores la búsqueda de la pesca.

El trabajo es familiar porque en los momentos en que los varones se encuentran en la islas, las mujeres tienen un rol clave de sostenimiento de la vida en sus casas y un rol muy importante en la llegada y en la salida que cada semana realizan los pescadores.

Además, muchas acompañan, en los momentos en que sus trabajos lo permiten, a sus parejas en las islas. Algunas mujeres, como Maria Teresa «Chuno» Schutt, también trabajan a la par de su marido en la búsqueda de carnada y control de los espineles.

En la isla no hay luz eléctrica ni agua potable. Durante el día un panel solar se conecta a una batería que a la noche será la que permita que haya un foco con luz. La leña calienta el agua de la pava. Las provisiones se traen de sus casas en La Vuelta, al igual que el agua potable. No hay atención primaria de la salud. La mayor parte del tiempo no están las familias y los “ranchos” (las viviendas construidas en las islas a base de madera, nylon y algunos casos chapas, donde permanecen para poder pescar) se encuentran lejos unos de otros.

Pero los y las pescadoras dicen que en la isla se sienten cómodos y libres. Como dice Ricardo «Marrón» Schutt, “en la isla no te falta el trabajo —aunque sea muy sacrificado—, como sea se saca el pescado”. No hay patrones y manejan sus tiempos pero el ritmo lo marca el río. En la isla la solidaridad y el cuidado entre pescadores y puesteros es lo cotidiano.

“Cada vez son menos los pescadores”, se repite constantemente en las islas del Paraná santafesino y entrerriano. Sin embargo, hay quienes siguen eligiendo la isla como su lugar en el mundo y mantienen vivo ese saber que fue transmitido de generación en generación.

Foto: Pablo Bordón

“Terminé la escuela en sexto, a los 12 o 13 años, y me dediqué a la isla con mi papá y mis hermanos más grandes. Después me dediqué a la pesca nomás, como mi padre era pescador”, dice Ramón Schutt, pescador de la Vuelta del Paraguayo. En la misma línea, «Marrón», pescador oriundo del mismo barrio, quien nos recibe desde su rancho de pesca en la Isla del Medio, apunta: “Yo no sé leer ni escribir, pero sé buscar mi comida. Este oficio lo aprendí cuando mi padre me trajo un día a pescar. Desde los 10 años anduve con mi viejo en la isla. Pescábamos allá arriba en el barrio Colastiné. En ese tiempo el viejo no tenía motor, andamos a remo. Después arrancaron todos mis hermanos a pescar, es un trabajo medio cansador nomás, pero tienes que agarrarle la mano”.

A pesar que la Vuelta del Paraguayo se emplaza en la Isla el Sirgadero y se desarrolla sobre la orilla del riacho Santa Fe, las personas que aún continúan con la pesca artesanal tienen que irse cada vez más lejos de sus viviendas para poder realizar su trabajo. Como señalan los pescadores de mayor edad, desde hace 30 años que se vienen moviendo para “abajo” de Santa Fe, hacia el cauce principal del río Paraná, para realizar la pesca porque en Santa Fe ya “no sale el pescado” que permita subsistir.

Pescar sí, depredar no

Los pescadores y pescadoras deben recorrer largas horas en lanchas y piraguones desde sus casas familiares en La Vuelta del Paraguayo hasta sus ranchos de pesca sobre el río Paraná, a la altura de Alvear (Entre Ríos). Luego se transitan unos 60 kilómetros por tierra para luego subir a la embarcación de Ismael Silva —un joven pescador entrerriano— y recorrer media hora el río Paraná para llegar al rancho de pesca de Marrón, donde nos recibieron ondeando jirones de banderas, una argentina y otra roja dedicada al Gauchito Gil.

Marrón, todos los días, desde las seis o siete de la mañana recorre sus espineles (un aparejo tradicional para pescar). Después vuelve a su rancho a descansar un rato y comer. Llega la tarde y se repite el corrido. Espera que baje el sol para ir a encarnar y deja los espineles toda la noche. “Al otro día te levantás temprano de vuelta y así”. Todos los días del año, sea invierno o verano.

La pesca se intercala con la búsqueda de carnada. La mayoría busca las anguilas y morenas dentro de las islas, en las lagunas y zanjones. Esto implica un largo trecho de caminata, que en el mejor de los casos se hace a caballo, desde las orillas del río al interior de la isla. Para la búsqueda de la carnada se utiliza la zaranda, que es una estructura de madera cuadrada con una malla.

Los pescadores y pescadoras deben meterse a las lagunas y zanjones, colocar la zaranda bajo los camalotes, levantarla con el muchísimo peso que tiene encima, limpiar los camalotes y separar la carnada que encuentra allí. Esto se repite varias veces hasta que se consigue la carnada suficiente para la pesca. Lo que puede llevar toda una mañana o un día entero. Lo que es seguro es que la búsqueda termina con un fuerte dolor de cintura y brazos acalambrados.

Foto: Pablo Bordón

“Ponele en el verano no es tanto, viste. Pero en el invierno tenés que esperar que más o menos caliente el sol y todo eso. Vamos tipo 11 o 12 del mediodía. Porque por ahí en el invierno caen esas heladas. Hay que esperar que se vaya un poco el frío, viste. Y si no en el verano entramos más temprano por el tema también de los mosquitos. Y del calor. Nosotros ya a las 6 de la mañana ya andamos sacando carnada. Y tratamos de salir lo más antes posible de adentro de la isla. Porque después te sofoca el calor. Y de paso te mata la mosquitada”, explica Carlos Martín Schutt, más conocido como «Cali», pescador de la Vuelta del Paraguayo.

El trabajo de la pesca artesanal sigue los tiempos de la naturaleza. Por eso dicen que “el verdadero pescador no depreda. Si pesca un pescado chico lo devuelve para que crezca y tenga críos, esto es nuestra vida nosotros no podemos depredarla”.

Si no hay pescado al año siguiente no va haber pan para la mesa, como dice Chuno, pescadora y oriunda también de La Vuelta del Paraguayo. De hecho, sus herramientas se adaptan a este cuidado: se oponen al uso de las mallas chicas y en la mayoría de los casos utilizan espineles, lo que asegura un pescado grande. Algunos denuncian a los frigoríficos —para quienes nunca se decreta la veda pesquera— por la matanza que realizan a pescados pequeños para hacer harina.

Así como las estaciones climáticas marcan distintos horarios y posibilidades de hacer las actividades, las tormentas y el viento son otras variables que intervienen en el trabajo. “¿Para qué vas a arriesgar tu vida para encarnar un espinel?”, se pregunta Cali. “Es mejor esperar que la tormenta calme porque además de arriesgar tu vida podés perder la pesca y las herramientas de trabajo con los árboles y ramas que pasan por el río.”

«Se nos niega ser equitativo, se nos niega ser escuchados, te ponen trabas al trabajo, te juzgan sin conocer el sacrificio, te imponen leyes, papeles que te atan las manos, manos cuarteadas por el frío, el agua, los espineles. Qué saben aquellos que tienen un cargo de lo que es ser pescador si jamás mojaron sus cuerpos en agua hasta el pecho para sacar carnada. Qué saben ellos de dejar en manos de Dios todas las noches cuando terminás de encarnar. Qué saben ellos de la sonrisa de una buena pesca que es el plato seguro en la mesa. No lo saben y no lo sabrán porque el sueño está en el río, porque el día a día está en las islas no en tierra de cemento y de bolsillos llenos de aquellos que no saben soñar con la libertad de pescar», explica Maria Teresa «Chuno» Schutt, pescadora del Paraná.

Los ritmos de la naturaleza y las limitaciones para comercializar

Tanto la creciente como la bajante perjudican la pesca. Sin embargo dicen que “a la naturaleza no hay con qué darle, no se puede contra ella, tenés que respetarla”. Si hay bajante hay que llevar los espineles para afuera, al cauce principal, donde corre el agua. Si crece, toca ir con los espineles más cerca de la orilla. La creciente y la bajante generan cambios físicos en las islas, que también influyen en el trabajo diario.

El pescado se conserva en freezers, que al no tener energía eléctrica tienen que estar repletos de hielo para cumplir su función. De alguna manera la provisión de hielo marca el tiempo de trabajo, por la conservación del pescado y su posterior venta a los acopiadores. Algunos comercializan una pequeña parte de la pesca de forma particular y así consiguen que se pague mejor por su trabajo. Pero el acopiador les asegura la compra todas las semanas del año, lo que no puede asegurar la venta particular. Así los pescadores “cumplen” con los acopiadores a pesar de la poca paga que reciben por tanto trabajo y del aumento constante del precio de sus herramientas de trabajo: “El acopiador me está pagando en este momento, ahora, 650. Y en particular lo vendo en 900. Pero lo que pasa es que tampoco me da para venderlo todo al particular. Porque a los acopiadores yo los tengo todo el año, viste. Yo tengo cuatro acopiadores”, explica Cali Schutt.

Otros “trabajan” el pescado para poder obtener un poco más de dinero. José Rodríguez, pescador de Alvear (Entre Ríos), contó que pesca pero también despina, para luego venderlo a mejor precio y hacer conservas. Aprendió “de corajudo”, mirando, llevando pescados a quienes sabían despinar para que le enseñen cómo se hacía. Esta estrategia que se da para obtener una mejor paga implica también mucho trabajo diario: “A lo primero te cuesta, ¿viste? Lo rompes hasta que le agarrás la mano. Después empecé a trabajar con otros muchachos que sabían y ahí fui aprendiendo más y más. Después trabajé en una pescadería, se llenaban los bolsillos de plata. Yo trabajaba 10, 12 horas despinando. Y después dije no. Ahora pesco y despino. Sino lo meto en el freezer y al otro día me levanto temprano y lo despino. Ese es el trabajo que hago todos los días. Le dedico muchas horas. Todo el día”.

Foto: Pablo Bordón

Campesinos del agua

El regreso de los pescadores y pescadoras de La Vuelta del Paraguayo a sus casas depende de los resultados. Si en una semana se saca poco pescado, dado el gasto de nafta que implica regresar tantos kilómetros, no conviene volverse sino que vender a acopiadores que se acercan a los ranchos y esperar tener más suerte la semana próxima.

Como cuenta Ricardo «Marrón» Schutt: “No puedo ir allá (a Santa Fe) por un poquito de pescado, lo entrego acá nomás. Yo por ahí vengo, me quedo dos semanas, tres. No tengo problema para quedar, entrego acá nomás. Porque no, no, si voy por un poquito pescado no salgo ni para nada. Me pongo con la carnada”.

El trabajo de los pescadores artesanales de La Vuelta del Paraguayo no tiene descanso. Cuidadores de la isla, el río y los peces, realizan su trabajo siguiendo con otros tiempos a los que acostumbra el trabajo capitalista. El tiempo que marca la naturaleza —a crecida, la bajante, el calor, el frío, la tormenta, las estaciones del año— es el que organiza el trabajo. La paciencia, la tranquilidad, soledad y el esfuerzo acompañan los días.

La pesca artesanal va mermando por el avance de los frigoríficos, que apañados por disposiciones gubernamentales depredan el río. Sin embargo, siguen firmes en las islas los ranchos de quienes hacen de la pesca un trabajo artesanal y defienden el río porque los saben parte de ellos. Pero la pesca intensiva no es la única que altera los modos de vida y las formas de producción en este territorio.

Foto: Pablo Bordón

Un río generoso y maltratado

Por la ruta troncal del mismo río transitan por año alrededor de 5000 embarcaciones por donde sale el 80 por ciento de la producción argentina, mayoritariamente agroindustrial, la totalidad de la producción de Paraguay y un porcentaje importante de Brasil y Bolivia, transformando a ese cauce de agua vital en la reproducción material y cultural de los pueblos en una autopista fluvial al servicio de las corporaciones.

Ese mismo río tiene alrededor de 130 represas de más de diez metros de altura en toda su cuenca afectando al Paraná y sus tributarios. Dos de ellas son de las más grandes de América Latina: Yacyretá (Argentina- Paraguay) e Itaipú (Paraguay – Brasil), afectando enormemente el equilibrio hídrico y los ciclos naturales del agua.

Por ese mismo río escalan buques con hidrocarburos y barcazas con agrotóxicos que son utilizados para la expansión del cultivo de soja. Se identificaron en el fondo del Paraná y algunos de sus tributarios, como el río Salado, concentraciones de veneno cuatro veces superior a los de un campo sembrado con transgénicos. Ese mismo río ve bañar sus aguas de humo ante las quemas reiteradas sobre los humedales —entre principios de 2020 y finales de 2022 se quemaron alrededor de un millón de hectáreas del Delta del río Paraná—, ve mermar sus peces por la contaminación del agronegocio, ve surcar sus aguas con enormes pilotes y puentes, y ve desaparecer a los pequeños productores agropecuarios de la cuenca en un proceso acelerado de concentración en la tenencia de la tierra.

De esta forma, mientras que el avance de la frontera del agronegocio desplaza producciones y formas de vida, a la par que agudiza el deterioro ambiental, también expande sus infraestructuras. La hidrovía es uno de los principales exponentes de un plan regional de ordenamiento territorial en clave extractivista.

En la otra orilla de este modelo, la amenazada existencia en las islas carece de infraestructuras orientadas a la reproducción material de la vida: no hay agua potable, tendido eléctrico, escuelas, ni atención sanitaria. El vaciamiento selectivo y el apuntalamiento de unas dinámicas productivas en desmedro de otras son dos caras de una misma moneda.

El extractivismo como política de Estado, y el agroextractivismo como uno de sus principales enclaves, se sostiene en base a una operación que es propia del capital desde sus inicios: el aplanamiento sistemático de la diversidad. Se ve en la pérdida de la biodiversidad y en la generación de los mismos paisajes, también en el silenciamiento de modos de vivir. Sin embargo, este movimiento nunca es completo. El intento de privatizar lo vivo —ahora recrudecido por Decreto de Necesidad y Urgencia o proyectos de leyes ómnibus— continuará topándose con otras lógicas, re-existencias y resistencias.

¿Cuál es la memoria del río que guardan las familias pescadoras? ¿Qué hay de la historia colectiva en estos fragmentos de vidas? ¿Qué se necesita para poder decidir cómo habitar y producir? En definitiva, ¿cómo cambiarían estas condiciones de vida y trabajo si el fin último no fuera la necesidad de incrementar la producción de commoditiespara el ingreso de divisas que nunca llegan a quienes sostienen la habitabilidad en nuestros territorios?

El agua es la sustancia más abundante de la naturaleza y toda vida en la Tierra está atravesada por los ciclos de agua. No hay estrategia más válida en la lucha contra este modelo de muerte y destrucción, que es el extractivismo, que defender el agua, porque defender el agua es defender la vida y en ella cada molécula, historia e instante que nos conforma. Como demuestran María Teresa, Ricardo, Ramón, Carlos e Ismael (y tantos otros que compartieron sus saberes) y reafirma poéticamente el músico Jorge Fandermole: «Los centinelas del agua no se han ido todavía, traen desde remotos días las palabras y el fulgor, sus versos como plegarias luminosas que se abisman, claras como el agua limpia en los cauces del corazón».

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